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Quemil Yambay: la muerte de un gigante y la pequeñez del poder.

Por: Lic. Peter Acosta

Murió Quemil Yambay.
Y con su muerte no solo se apaga una de las voces más profundas del arte paraguayo, sino que vuelve a quedar al desnudo una verdad incómoda: este país no sabe honrar a sus grandes.

Quemil Yambay no fue un artista popular más. Fue una estructura cultural completa. Cantante, compositor, intérprete del guaraní vivo, narrador de la memoria popular, creador de una estética propia donde el humor, la música y la identidad no se separaban. Un hombre con un legado que supera largamente el millar de canciones e interpretaciones. Un referente irrepetible. De esos que no se fabrican ni se improvisan. De esos que nacen, como mucho, una vez cada cien años.

Y, sin embargo, su despedida dejó una imagen devastadora: la ausencia total del Estado.

No hubo representación del Poder Ejecutivo.

No hubo presencia del Legislativo.

No hubo ministros, secretarios ni autoridades culturales que consideraran necesario estar allí, aunque fuera por elemental decoro institucional.
  • El pueblo estuvo.
  • Los músicos estuvieron.
  • La cultura estuvo.
  • El poder, no.
Este hecho, lejos de ser anecdótico, es profundamente político. Y se vuelve aún más grave si se observa el contexto: Paraguay está bajo la mirada de la comunidad internacional, con observadores europeos presentes, a días de la firma del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur. Se habla de integración, de valores, de identidad regional, de cultura compartida.

¿Y qué mostramos?

Un país que entierra a uno de sus mayores exponentes culturales sin un solo gesto oficial, sin reconocimiento institucional, sin la mínima comprensión del valor simbólico de quien sostuvo, durante décadas, la música y el idioma que decimos defender.

Si Quemil Yambay hubiese sido argentino, brasileño o de cualquier otro país con mayor conciencia cultural, su despedida habría contado con homenajes oficiales, autoridades presentes y discursos formales. Aquí, en cambio, se repite la constante: el genio es celebrado por el pueblo y despreciado por el poder.

Esto no es solo desinterés. Es algo más grave: ignorancia estructural. Una dirigencia política incapaz de dimensionar la talla de un hombre que representó mejor que muchos funcionarios lo que significa identidad nacional. Funcionarios que confunden cultura con eventos, folclore con decoración y patrimonio con propaganda.

Quemil Yambay encarnó lo que el Estado nunca supo proteger ni promover seriamente: el guaraní como lengua viva, la música como relato social, la tradición como dignidad y no como espectáculo.

Su ausencia oficial en la despedida no fue un olvido. Fue una confesión. Confesión de un Estado culturalmente fallido, conducido por una clase política pequeña frente a hombres inmensos.

Hoy se fue un grande del arte.

Pero lo verdaderamente grave es confirmar, una vez más, que en Paraguay los grandes mueren solos cuando el poder es mediocre.

Gracias, Quemil Yambay, por tu legado, por tu arte y por haber sostenido con dignidad la identidad cultural del Paraguay.

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