Por: Lic. Peter Acosta - Politologo.
Fernando de la Mora atraviesa una de esas etapas en las que la política deja de ser un horizonte colectivo para transformarse en un ejercicio mezquino de administración del poder. Lo que debería ser una discusión seria sobre ciudad, planificación, servicios y futuro común ha sido degradado a una interna permanente, estéril y profundamente autorreferencial.
En el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), la situación no solo es crítica, sino también contradictoria. Mientras se insiste discursivamente en la necesidad de continuidad y hegemonía bajo el liderazgo del intendente Alcides Riveros, los hechos exhiben una estructura desgastada, fragmentada y sin una palabra creíble. El episodio del supuesto compromiso firmado entre tres posibles aspirantes liberales presentado en su momento como un gesto de madurez política terminó siendo exactamente lo contrario: un documento vacío, sin cumplimiento, sin transparencia y sin consecuencias.
Hasta hoy no se conocen datos claros sobre qué ocurrió realmente con ese acuerdo. Nadie explica por qué fracasó, quién lo incumplió ni qué garantías existían. Lo único cierto es que no se respetó. Y cuando en política un acuerdo firmado no vale nada, el mensaje es contundente: la palabra ha sido devaluada.
Más grave aún es que Riveros, se había comprometido públicamente a respaldar al ganador de ese grupo de tres. Sin embargo, hoy aparece bendiciendo la candidatura de Luis Fernando Franco, quien ni siquiera formaba parte de aquel acuerdo original. Esta maniobra no solo revela una estrategia de doble o triple juego, sino que deja al desnudo una lógica de conveniencia pura: apoyar no al producto de un consenso previo, sino a quien mejor encaje en el esquema de preservación del poder.
El problema no es Franco como persona o dirigente. El problema es el método. Porque cuando se gobierna jugando a varias puntas, el resultado inevitable es el desgaste institucional. Y el principal perjudicado no es ningún dirigente en particular, sino la comuna de Fernando de la Mora, hoy paralizada en términos de proyectos, visión y planificación.
La Municipalidad ha dejado de ser un espacio de construcción de políticas públicas para convertirse en un escenario de disputa interna constante. No se discuten ideas, se negocian apoyos. No se presentan planes, se miden fuerzas. No se proyecta ciudad, se administra un botín. Fernando de la Mora ya no es pensada como comunidad, sino como un territorio a retener.
Del otro lado, el Partido Colorado no ofrece una alternativa sustancialmente distinta. Sus internas están pobladas de precandidatos que repiten un mantra gastado: queremos recuperar la intendencia. Pero nadie explica para qué, con qué proyecto, ni con qué equipo técnico. La consigna de la recuperación no va acompañada de una autocrítica seria sobre la devastadora administración colorada previa a Riveros.
Las deudas heredadas, la mala gestión, la falta de rendición de cuentas y la ausencia total de imputaciones o seguimientos judiciales siguen flotando en una zona cómoda de olvido. Nadie pagó costos. Nadie respondió. Y ese silencio institucional es uno de los mayores factores de desgaste del coloradismo local.
El resultado es previsible: amplios sectores de la ciudadanía no confían en ninguno de los dos partidos hegemónicos. Ni en los liberales que se devoran internamente, ni en los colorados que nunca rindieron cuentas. La política local aparece como una guerra de caudillos menores preguntándose quién tiene más gente, quién aporta más estructura, quién garantiza más votos. Todos contra todos. Ninguno para la ciudad.
Mientras tanto, los problemas estructurales se profundizan. Infraestructura deficiente, planificación urbana ausente, servicios colapsados y una ciudadanía cada vez más desencantada. La política discute poder; la ciudad acumula abandono.
Fernando de la Mora no necesita más bendiciones, ni más internas interminables, ni más pactos que no se cumplen. Necesita una ruptura ética, una discusión seria sobre el bien común y una dirigencia que entienda que gobernar no es administrar lealtades sino construir futuro.
Hoy, tristemente, la ciudad no es una proyección de vida colectiva. Es un botín en disputa. Y cuando la política se reduce a eso, lo que se pierde no es una elección: se pierde la credibilidad entera
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