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LA CAÍDA DEL DÓLAR, EL PRECIO DE LA CARNE Y LA ECONOMÍA QUE LE QUITÓ LA PARRILLA AL PUEBLO.

Por: Peter Acosta

Politólogo – Analista

En Paraguay, la economía dejó de ser una herramienta de organización social para convertirse en un mecanismo de exclusión cotidiana. La reciente caída del dólar —que pasó de rozar los 7.800 a 8.000 guaraníes a ubicarse en torno a los 6.700 guaraníes— no trajo alivio alguno al bolsillo popular. Por el contrario, dejó al descubierto una estructura de precios diseñada para castigar siempre al mismo sector: el pueblo trabajador.

Cuando el dólar sube, los precios suben sin demora. El combustible aumenta de inmediato y arrastra consigo toda la cadena de costos: alimentos, transporte, medicamentos y productos básicos. Pero cuando el dólar baja de forma significativa, como ocurre hoy, los precios no retroceden, el combustible no se ajusta y la canasta familiar permanece artificialmente inflada. Esta no es una falla del mercado: es una decisión política sostenida por la inacción del Estado.

La macroeconomía puede mostrar cifras prolijas y presentaciones optimistas, pero la microeconomía —la real— está devastada. Las familias trabajadoras, los pequeños comercios, las mipymes y los negocios familiares siguen cargando sobre sus espaldas el peso de una economía que no les devuelve absolutamente nada.

La carne: termómetro del desprecio social

El caso de la carne es, quizá, el más brutal y simbólico. Paraguay, país ganadero por excelencia, exportador de carne al mundo, hoy expulsa a su propio pueblo del consumo de uno de sus alimentos más tradicionales. Los precios desmedidos y la ausencia total de regulación han convertido a la parrilla en un privilegio reservado para pocos.

En vísperas de Navidad y Año Nuevo, miles de familias paraguayas no podrán poner un pedazo de carne sobre el asador. No por falta de cultura ni de trabajo, sino por una economía que les niega incluso ese gesto mínimo de dignidad festiva. El colmo del cinismo se expresó cuando un senador colorado afirmó públicamente que no hace falta comer carne “premium” y que, si no se puede pagar, “el puchero cuesta 10.000 guaraníes”.

Esa frase no es un desliz: es una confesión ideológica. Revela cómo una parte de la dirigencia concibe al pueblo paraguayo: como una masa que debe conformarse con sobras mientras otros exportan cortes de primera y celebran balances récord.

No se trata de carne premium. Se trata de acceso. Se trata de justicia económica. Se trata de respeto.

Comparación regional: el absurdo paraguayo.

Mientras otros países de la región aplican distintos mecanismos de regulación y protección del consumo interno, Paraguay continúa entregando su mercado al abuso sin control. Argentina, aun con graves problemas inflacionarios, sostiene acuerdos de precios y programas de cortes populares en fechas sensibles. Brasil aplica regulaciones estacionales para garantizar abastecimiento interno. Uruguay mantiene un equilibrio más razonable entre exportación y consumo local.

Paraguay, en cambio, exporta como potencia, pero consume como colonia. No existe una política pública que garantice que el crecimiento del sector cárnico beneficie al ciudadano común. Todo queda librado a un mercado concentrado, sin contrapesos y sin responsabilidad social, con un Estado ausente o cómplice.

Macroeconomía sin mesa, sin parrilla y sin pueblo.

El gobierno celebra estabilidad cambiaria, crecimiento del PIB y confianza internacional. Pero nada de eso llega a la mesa del pueblo. La caída del dólar no se reflejó en el precio del combustible, no se reflejó en los alimentos y, mucho menos, en el precio de la carne.

A esto se suma un escenario cotidiano de abandono: transporte público indigno, colectivos que no llegan o circulan sobrecargados, calles destruidas, hospitales sin medicamentos y trabajadores que arriesgan su vida a diario para llegar a sus empleos. Mientras tanto, los organismos que deberían defender al consumidor brillan por su ausencia.

Conclusión

Quitarle al pueblo incluso la posibilidad de celebrar las fiestas con un pedazo de carne no es un dato económico menor: es una ruptura simbólica profunda. Es la evidencia de un modelo que naturaliza la desigualdad y justifica la exclusión con discursos técnicos vacíos.

Paraguay no está en crisis por falta de recursos.

Está en crisis por falta de voluntad política para defender a su pueblo.

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