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CUANDO LA FUERZA PRETENDE REEMPLAZAR A LA RAZÓN: TAIWÁN Y LA ADVERTENCIA QUE EL MUNDO DEMOCRÁTICO NO DEBE IGNORAR.

Por: Lic. Peter Acosta. Politólogo – Analista.

La historia no se repite exactamente, pero rima. Y cuando rima con cañones, ejercicios militares intimidatorios y despliegues de fuerza frente a un país democrático, el mundo haría bien en escuchar con atención.

Las recientes acciones de China en las cercanías de Taiwán no pueden leerse como simples maniobras defensivas ni como gestos inocuos de soberanía. Son, en esencia, mensajes de poder: advertencias explícitas de que la fuerza militar y la supremacía económica aún son concebidas, por algunos Estados, como instrumentos legítimos para disciplinar a pueblos que eligen vivir libres, pensar distinto y organizar su vida política conforme a su propia cultura y voluntad.

Paraguay —como nación y como pueblo— conoce profundamente el significado del intento de subyugación. Conoce lo que implica que poderes fácticos, armados de músculo militar y ambición económica, pretendan imponer una forma única de pensar, de vivir y de existir. Nuestra historia está atravesada por esa experiencia: la de resistir cuando la razón fue desplazada por la fuerza y la ética por la conveniencia del más poderoso.

Desde esa memoria histórica, observar lo que hoy ocurre con Taiwán no es un ejercicio distante ni ajeno. Es, por el contrario, un recordatorio incómodo de que la libertad nunca está garantizada, y de que el silencio internacional frente a la intimidación suele ser el primer paso hacia conflictos de dimensiones imprevisibles.

El mundo democrático no necesita más fuego bélico para hacer “entrar en razón” a nadie.

La razón no se impone con misiles.

La legitimidad no nace de portaaviones.

Y la convivencia internacional no puede sostenerse sobre el miedo.

Insistir en la supremacía militar o económica como método para resolver disputas no solo erosiona el derecho internacional, sino que abre una peligrosa puerta civilizatoria: la normalización de que los países pequeños, democráticos o

culturalmente distintos deben aceptar su destino en silencio, resignando su libertad en nombre del llamado “realismo geopolítico”.

Ese realismo, cuando se divorcia de la ética, se convierte en cinismo.

Taiwán representa hoy algo más que una disputa territorial. Representa el derecho de una sociedad a vivir conforme a sus valores democráticos, a decidir su destino sin amenazas y a existir sin ser tratada como una ficha en el tablero de intereses de las grandes potencias. Defender ese principio no es provocar conflictos; es prevenirlos.

Por ello, los países democráticos no pueden limitarse a observar con prudencia calculada. La historia demuestra que la neutralidad frente a la intimidación rara vez preserva la paz. Al contrario, suele alentar al más fuerte a avanzar un paso más.

Es momento de emitir una alerta clara y responsable: lo que hoy se tolera en Asia Oriental puede mañana replicarse en cualquier otra región del mundo. Cuando la fuerza sustituye a la diplomacia, las consecuencias no se miden solo en términos estratégicos, sino en vidas humanas, inestabilidad global y retrocesos civilizatorios.

La diplomacia, en su expresión más alta, existe precisamente para evitar que el mundo retroceda a la lógica del sometimiento. Su función no es justificar al poderoso, sino proteger al vulnerable, equilibrar asimetrías y recordar que la libertad no es negociable, ni tiene precio, ni puede ser relativizada por balances comerciales o intereses coyunturales.

Desde nuestra experiencia histórica, desde nuestra conciencia como nación que resistió intentos de anulación, la posición es clara: los pueblos que desean vivir libres deben ser respetados en su integridad. No por conveniencia, sino por principio. No por cálculo, sino por convicción.

La libertad no es una concesión del poder.

Es un derecho inherente.

Y cuando la razón es amenazada por la fuerza, callar no es prudencia: es complicidad.

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